Mi finca llegó a mi familia en 1977, cuando mi abuelo la compró siendo todavía parte de una gran hacienda cafetera. En ese entonces él construyó toda la infraestructura para hacerla una finca productiva, en una época en la que el café movía a toda la vereda y prácticamente todos trabajaban en las cosechas.
Con los años, la finca pasó de generación en generación hasta llegar a mí. Cuando la retomé, quise honrar ese legado, pero también darle mi propio enfoque: convertirla en un espacio de conservación, biodiversidad y cafés especiales. Replanté con varietales exóticos, ordené los procesos, implementé protocolos modernos y transformé el beneficio y el secado para buscar calidad en cada lote.
Hoy la finca es un lugar que combina tradición y visión: producimos Geisha, Pink Bourbon, Papayo, Moca, Chiroso y más, rodeados de bosque nativo, fauna, flora y colmenas que conviven con los cafetales. Para mí, este espacio es la unión entre lo que mi abuelo soñó y lo que yo quiero compartir con el mundo a través del café.